sábado, 1 de marzo de 2008

Libros Publicados

Durante mucho tiempo me resistí a publicar o lo consideraba pretencioso o difícilmente posible...hasta que las cosas se acomodaron, tomaron su curso y fluyeron para transformarse en este sueño que recién comienza a materializarse.

Desde este blog podés leer fragmentos elegidos de mis libros, enterarte de novedades, presentaciones, futuras reediciones, conocer autores, webs y blogs amigos, etc, etc. Sin embargo, si sos de aquellos que no se bancan leer desde el monitor mucho tiempo o te interesan los libros completos en soporte papel, podés optar por leerlos en tu casa, en el sofá, en la cama, en el bondi, tren, cama paraguaya o simplemente tenerme entre tu biblioteca juntando polvo, vos decidís! De esta manera además colaborás con el autor para que le resulte posible seguir publicando.


sello editorial: )elasunto(
pgs. 180pgs. cuentos.
Tamaño: 14,5 x 20,5.
Diseño de tapa: Luciano Fredes con dibujo de Rosana Franzone y retoques de Nahuel Fredes.
Diagramación: Pablo Strucchi
Corrección: Diego Arbit
Datos de impresión: Tapa full color 250gr. pegado binder.
Offset digital. 200 ejemplares.

2008

“Indeleble”
es piedra transformándose en carne viva, concreto mutándose en un río de sangre y savia que fluye a través de los sentidos más ocultos y arraigados. Una única y gran huella dactilar, un mapa del dolor, de los recuerdos, de los escombros de la infancia, una bienvenida y una despedida.
Una mejilla rota que deja entrever los engranajes que dominan nuestras acciones.
Facciones talladas en piedra, perdurables, imborrables, inalterables; como el rostro de la experiencia.

sello editorial: en el aura del sauce
pgs. 184. novela
tamaño: 10 x 17
Diseño de tapa: Nahuel Fredes
Dibujos tapa y contratapa: Rodrigo Campos
Diseño de Interior: Sebastián Bruzzese
200 ejemplares
2009

La estética de la tapa al estilo Tim Burton, nos anticipa un relato de amor que trasciende la muerte, pero no la muerte como tal sino en sus múltiples variantes; final de un proceso, cambio, pasaje a otro estado, etc. El féretro compartido y esta novela son un portal que permiten vislumbrar la trascendencia y la superación de los cambios de la vida.
La relación amorosa fluctuante narrada en el libro sirvió como excusa de un relato que está lleno de anécdotas, de pensamientos y de la subjetividad del autor exhibida a flor de piel.
La novela Féretro para dos está construida desde lo autobiográfico, el autor es un artista joven que frecuenta lugares habituales, esta muy cerca de la realidad y la vive tratando de sobrevivir.

El costo de cada ejemplar es de 15 pesos (tanto Indeleble como Féretro para Dos) y podés conseguirlos escribiendo a cualquiera de estos dos correos: sadkerouac(arroba)hotmail.com / cheeba79(arroba)gmail.com

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Infaltables Agradecimientos:

A mi hermana Gaby, una fiel lectora que alguna vez me dijo: “¿y por qué no armás algo con todo eso?” y me motivó a hacerlo.
A mi viejo Quique, por ser mi amigo y haberme apoyado material y espiritualmente en este proyecto.

A Romina Muñoz por haber sido mi compañera e inspirar buena parte de mi obra.

A Rossana Franzone, una diseñadora que hizo el dibujo de tapa (Indeleble) sin que nos conozcamos personalmente.

A Rodrigo Campos, genial ilustrador marplatense, por el dibujo de tapa y contratapa (Féretro para Dos)
A Luciano Fredes, por el armado y diseño de portada y contraportada (Indeleble)
A Nahuel Fredes, por el diseño de tapa y contratapa (Féretro para Dos)
A amigos incondicionales como Lucas y Emanuel, con quienes también trabajamos juntos en otros proyectos.
Al escritor Pablo Strucchi y su mujer Marol por abrirme las puertas de su casa y dedicarme su tiempo.

Al equipo de )El Asunto( por encargarse de la gestión e impresión del libro.
A Sebastián Bruzzese, amigo, poeta, editor de En el Aura del Sauce, entre otros proyectos editoriales.
A la gente de Poesía Urbana, grupo de agitación cultural, por la difusión.
A Juan Xiet y Nadia Caramella por reseñar mis libros.
A Diego Arbit por las correciones de Indeleble.
A escritores independientes como Guillermo de Pósfay entre tantos otros que disfruto leer y que desde hace años venden sus libros en las calles y recorren este camino en el que hoy pongo un pie.

A la FLIA (Feria del Libro Independiente & Alternativa) que me abrió las puertas para conocer a cientos de personas increíbles, escritores, poetas, editores, músicos, fanzineros, artistas plásticos y cantidad de loc@s lindos en general.
A todos los que puedo estar olvidando y a VOS!

*Todos los Derechos Reservados* (aunque tenés permiso de difundir cualquier parte de este libro a través de medios gráficos o digitales citando la fuente).

A Través de los Ojos de un Nene Triste


Ilustración por Santiago Fredes (Grupo Ninios)

Nací bajo el signo de Escorpio una estrellada madrugada de 1979. Mi madre nunca dejó de cuestionarse mi rebelión, mis susceptibles cambios de ánimo, las inconstancias de mis búsquedas y lo absurdo de mi lógico mundo patas arriba.
Aún mis más dulces recuerdos están empapados de la saliva del último triste beso de despedida. Siempre tuve muy buena memoria. Puedo asegurar estar viviendo en este mismo momento la primera reprimenda que me dio mi madre, cuando a los nueve meses clavé mis primeros dientes en la confianza de su pezón y su alimento. Mi condena se redujo a la plasticidad de una mamadera.
Ahora estoy cayendo de los altos estantes de la curiosidad, culpando a las patas de la banqueta traicionera; envuelto en el llanto de un piso de parqué.
Ahora me suelto de la mano del paseo con mi abuelo y entro en jardines prohibidos y arranco flores –tacos de reina- abro canillas y orino troncos de plátanos, conjugó mal los verbos y mastico crocantes orejas de cerdo porque en el supermercado decía: “Sírvase Usted mismo”. Por razones laborales de mi padre hice buena parte del jardín de infantes en Rhode Island, Estados Unidos. Ya lejos de los plátanos de Victoria y San Fernando me orinaba encima por no saber decir la palabra “Bathroom”.
Mis lágrimas congeladas sobre las luces de neón y los milk-shakes de frutilla, las mesas de pool envueltas en humo, las largas barbas, los muñecos de nieve con zanahoria por nariz y los mapaches de madrugada que rompen bolsas de basura como gatos de Buenos Aires. Nunca podría olvidar las corridas por los verdes parques de los aguijones de abeja en las plantas de los pies, las oxidadas escaleras de emergencia, el drogadicto de arriba y el loco de abajo, la campera roja de mi madre y los villancicos, canciones de fogón y de manzanos marchitos que me cantaba mi padre.
Y ahora estoy volviendo al patio de dos por dos de mi país, a mi tortuga Cleopatra transformada en número de circo; haciendo equilibrio en un palo de escoba que tenía en mi boca y al accidente de mis cuerdas vocales casi arruinadas para siempre.
Vuelvo al terror de los ya extintos e ineficaces cucos y hombres de la bolsa, sátiros de estiletes, a las aterrorizadas huidas de las falsas ambulancias y de las luces-ojos; a los cocodrilos debajo de la cama y a lo que ocultan las puertas y bañeras; a los mundos fabricados en la electricidad de una habitación a oscuras y al sueño conciliado en la agotada paz de la primera luz de una vieja persiana de madera.
Vuelvo a los amigos del barrio, a las escondidas y a la bolita, a los experimentos con hormigas y a los cuarteles en un cantero, al barrilete enganchado y a los barcos de papel seguidos por cuadras en una cuneta ensanchada de lluvia. No dejo de lado a la aurorita con ruedas o al festejo de goles entre arcos de paredes y postes de luz.
No me olvido de las guerras de uva bajo la parra, de como picaban los venenitos de paraíso, del primer ojo morado o del primer pez que pesqué, una piraña.
A los trece años fumé mi primer cigarrillo, a escondidas, en una terraza de cemento desnudo. El achanchado perro del vecino que peleaba con el sueño en una sábana de nylon y la esencia de shampoo frutal que emanaba de la claraboya del techo vecino fueron mis testigos. Miré una nube desflecada y me sentí un hombre experimentado.
El tiempo pasó y fui creciendo, di mi primer beso en una plaza que no paraba de girar; tenía a la sortija en perpetuo poder. Trepé los relampagueantes paredones del amor prohibido, me enamoré de voces y de fantasmas y escuché tristes historias de putas tristes. “Tenés ojos de nene triste” –me dijo la única mujer que realmente amé-Eso es lo que nunca dejaré de ser...

(Fragmento)

Si querés conseguir el libro completo mandá un mail a: cheeba79@gmail.com

Despertar!



Nadie imaginará jamás el proceso de su liberación, tan digno de figurar en el libro Guinness de los records, si éste contemplara entre sus páginas las conquistas internas de ciertos hombres anónimos que adquieren la ingenua sabiduría de la luz divina, aquellos que han observado sin ojos la magnánima esencia de la verdad absoluta.
“Si me quieren encontrar que me busquen en el fondo del río, ahí es donde estoy” había sentenciado desde el fondo de su mente.


Sonrió por un momento al imaginar estar constituido exclusivamente de fango, una estructura física de piernas, brazos y boca formada por el algodonoso lecho de un río, por el baboso organismo de la descomposición; el mismo material que lo asqueaba al contacto y que desde las plantas de sus pies revolvía de irresolución todo su ser cuando de niño, tímidamente, aventuraba otro corto paso en ese suelo invisible y repugnante de sus tardes de domingo y de isla.
Y es que su teléfono celular no dejaba de sonar, seguramente lo estarían buscando de la oficina para reprenderlo con sordas amenazas que no aceptan replicas ni pretextos, sí; era fin de mes y cierre de revista y por los menos se quedaría hasta las siete u ocho de la noche frente a su escritorio de la redacción, atiborrado de trabajo. Pero ahora se había ausentado misteriosamente y además en la oficina lo estaban buscando, haciendo sonar su teléfono celular y mandando desesperados mensajes de texto que justificaran su ausencia física.
Había dado por lo menos tres panzadas momentos después de que lo extrajo del bolsillo de su saco azul, tres olímpicas panzadas antes de hundirse definitivamente en el inconsistente lecho marrón.
Volvió a sumergirse en las cálidas aguas de su infancia, en el furor de la competencia, la búsqueda de aquella piedra perfecta, achatada; tan afilada como para cortar la superficie del agua y rasgar la piel de sus pequeñas crispaciones acuosas, una delgada porción de laja brillante que derraparía en sucesión cinco, seis y quizás más veces hasta zambullirse como su teléfono celular, convertido en una extraña especie de anfibio con una única antena negra y un croar mecánico y antinatural.
Esa mañana su corbata lo incomodaba más que de costumbre, tal vez la había enlazado demasiado rápido, enajenado de su propio reflejo mientras miraba de reojo una pava que comenzaba a hervir.
Era hora pico en la estación V., los portadores de maletines, diarios, trajes y cigarrillos apretaban los dientes, se mordían los labios y formulaban silenciosos insultos mientras formaban una incivilizada fila por sobre las líneas amarillas del andén. Al instante aparecería el tren y cada uno aseguraría su ascenso a fuerza de empujones, miradas que exigen disculpas y acartonados perdones, exprimiendo una última gran bocanada a sus cigarrillos a medias mientras profetizaban doce estaciones en las que se esconderían detrás de sus periódicos y consultarían sus relojes sin nicotina...

(Fragmento)

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El Alma & la Araña

Toda su vida había sentido pánico hacia ellas. En eso pensaba mientras su alma zozobraba en perfecta sincronía con los viejos tirantes de madera de su cama.

Aquella fría madrugada insomne, de estrellas despabiladas, sentado rígidamente en la cabecera de su cama; se sentía extrañamente observado.
Era como estar viendo su propia imagen desde un punto más alto, una elevada perspectiva que lo abarcaba y lo disminuía.


Encendió un cigarrillo para darse ánimos. Lo entristeció ver su manta a cuadros revuelta en los pies de la cama.
Una hebra de tabaco convulsa, rebelde y húmeda agoniza en llamas y ese fue el interruptor, el desperezo de la soledad, un rancio chasquido en la noche que los grillos decidieron callar.
Recordaba bien aquella tarde nublada de su niñez, había sacado un frasco de mermelada vacío de la alacena y de alguna manera la había atrapado, había jugado con ella, le había hecho dar vueltas, la había mareado, la había mirado directamente a los ojos con desprecio y finalmente había planeado mil torturas posibles...

(Fragmento)

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El último Regalo

No deseaba despertarla. Un tirante de madera de la vieja cama traicionó su intento de silencio, frustrando por un momento esa dulce sinfonía para transformarla en un desenfrenado arrebato de distorsión, casi un despertar forzado.

Aún seguía dormida y ya retomaba la paz de su sueño bajo la blanca sábana que fulguraba en la penumbra y que cubría su espalda a medias.


Él, finalmente se reincorporó hasta sentarse en el extremo de la cama. Al girar su cabeza podía ver el cuadro que ningún pintor podría reproducir con tan fina y sensible exactitud.
O era que tal vez se sentía orgulloso al tener a una mujer en su muy a menudo solitario lecho.
Su bella ilusión duró poco. De repente lo invadió una pesada conciencia de domingo. Probablemente se tratara de ese día o tal vez fuera uno que se le parecía demasiado.
Desde muy chico lo atormentaba la ironía del séptimo día al pronunciarlo en inglés “Sun-Day” (Día de sol), y es que siempre se le presentaba sólidamente nublado; a pesar de que un musculoso sol saliera a ejercitar sus brazos de luz.
A eso se sumaba la lánguida lividez de su atmósfera, una electricidad fofa, sin voltaje, suspendida.
Sintió náuseas al verse envuelto en una triste luz lechosa que se colaba por las lastimaduras de la persiana cerrada.
Se tomó la cabeza entre las manos y ahora, tan bruscamente, había empezado a dolerle; un dolor punzante, como si frías estalactitas atravesaran sus sienes y escarcharan su grasiento cabello revuelto.
Recordó que había bebido demasiado la noche anterior, tan nítida y oscura, estrellada e interminable, sin el neblinoso reproche de ningún amanecer.
Pero ahora la primera luz venía a vengarse de él y de la credulidad de su noche feliz, estancada en el tiempo, eterna.
Tenía la boca reseca. Su lengua era una agrietada porción de desierto.
Hipó una o dos veces. Su intoxicada caja torácica se sacudía como la vida residual y espasmódica de un insecto que agoniza envenenado, contracciones musculares fuera de control, un regurgitar de nicotina y alcohol emanaba de la profundidad de un volcán gástrico.
Contuvo la respiración un buen rato, congelado e inmóvil.
Sintió terror al descubrir que los pliegues de la sábana habían desaparecido, el tirante de madera había vuelto a crujir y ella giró; despertándose, mientras le sonreía con ojos entornados y somnolientos, de alguna manera prometedores...

(Fragmento)

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Los Condenados

Una calle de luna recortada entre bosquecinos pinos y eucaliptos, una calle de olvidada pobreza oxidada, de ladridos improvisados; una triste calle de Sudamérica.

Me animaba la certeza de que en pocos minutos estaría acurrucado bajo las frazadas. Remendé mi soledad silbando alguna porción de melodía de tango.


Apareció como un bulto lejano y accidentado, justo en la intersección de cuatro esquinas, ya pavimentadas.
Me fui acercando y en el momento en que estaba por seguir de largo, di media vuelta y me puse en cuclillas.
Todo su cuerpo se sacudía intermitentemente, como una lámpara eléctrica de filamentos a punto de desunirse, como los últimos espasmos branquiales de un pez echado en tierra.
El temblor de una de sus patas parecía tener autonomía propia.

Le demandó un gran esfuerzo alzar su cabeza para reconocer quien era el que se había dignado a descender hasta la altura de su abandono.
Apoyé suavemente la palma de mi mano sobre su cabeza ¿tenía algún sentido mi pena, mi tardía muestra de afecto, mi dolorosa redención?.
Me sentí incapaz de abandonarlo. Me miró a los ojos y de una u otra manera me dijo sin ningún rencor o reproche: "No hay más caso... soy un condenado, siempre lo he sido - incluso desde antes de haber nacido- ya no puedes hacer nada por mí, ahora sigue de largo... con tus bolsillos y tus silbidos, directo al calor de tu sueño y tu cama".
Ya había bajado su cabeza que se rendía al pavimento de la noche. Nunca se había desprendido de sus lagañas de perro triste, de sus lágrimas solidificadas, que ahora eran más gruesas y saladas que nunca.
Lo miré por última vez y seguí mi camino, sabiendo que cuando el sol se asomara por esos elevados pinos y eucaliptos, que cuando los pájaros en la altura gorjearan los firuletes del nuevo día; allí abajo, en la intersección de cuatro esquinas ya pavimentadas, la helada muerte habría hecho su trabajo...

(Fragmento)

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Carta a Tricky

Cuando te trajeron en una caja de zapatos tenías nada más que cuarenta y cinco días, una graciosa bola de pelo negro, ojos saltones y trompa chata.

Inmediatamente te bauticé “Tricky”. Ese es el nombre de un músico de raza negra enmarcado en la categoría, en el género musical “trip hop”.



Más allá de esto me parecía un buen nombre, sonaba bien al oído, era breve, simpático y fácil de pronunciar.
Tiempo después, quizás por curiosidad, busqué en el diccionario el significado de esta palabra que me era desconocida y en letras impresas encontré: “engañoso, tramposo, astuto, ingenioso, mañoso, arduo e intrincado”.
A partir de entonces (tal vez condicionado en parte) pude comprobar que ningún otro nombre te habría sentado mejor que el que llevabas, que con cada una de esas acepciones te había predestinado; con cada uno de esos rasgos distintivos de una personalidad que te enumeraba acusadoramente en momentos de sumo enfado.
Podía perdonar y olvidar medias y pelotitas de tenis, la camisa cuadrillé que tanto me gustaba, desgarros, hilachas e inesperados círculos color ámbar en cualquier parte de la casa.
Esas eran travesuras comunes a tu edad, todos las hacían en su etapa de crecimiento.
Cuando empezaste a crecer un poquito mas, mamá te compró una cucha, una de esas lindas que venden en las veterinarias... me acuerdo que tenía el techito azul.
Bueno, no duró tanto como esperábamos; se rajó la parte del piso y te la cambiaron por una nueva diciendo que el material estaba malo de fábrica.
Ésta tenía el techo rojo, era más linda y parecía un hermoso chalecito. Tampoco duró mucho y esta vez vos tuviste la culpa y a vos te retamos el día que te encontramos jugando con pedazos de techo rojo, con trozos de fibra de vidrio en la boca.
Pero tuvimos paciencia, todavía mamá estaba de tu lado y ¿te acordás lo que hizo?... Sí, te mandó a construir una de material, de ladrillos y cemento; una bien fuerte que te duraría para siempre y que no podrías destruir.
Cuando le conté todo eso a la gente, tenés que saber que me refería a la historia de los fuertes soplidos del lobo a las alternantes casas de los tres chanchitos.
A veces te sacaba a pasear sin importar...

(Fragmento)

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La Influencia de la Influenza

A-a-a-chisssssss! Qué lo tiró de las patas! – dijo Ricardo Pfeiffer mientras llevaba a su enrojecida nariz un pañuelo amarillento, apelotonado de costras.

Hacía casi tres años que estaba viviendo en el geriátrico de Boulogne Sur Mer al 400. Sí, su memoria aún no fallaba; era tan fiel como el mecanismo de un viejo reloj cu-cú y aunque no saliera a cantar a cada rato su corazón siempre volvía al recuerdo de su hogar, aquel de techo a dos aguas labrado en madera.

El domingo pasado cumplió ochenta y cuatro años. Lo fueron a visitar su hija y sus dos nietos. Llevaron dos globos celestes, una guirnalda y un bizcochuelo de chocolate con dulce de leche y hasta le habían hecho soplar las velitas.
Ahora era miércoles. Volvió a estornudar y a escarbar en el bolsillo de su pantalón resfriado. Era miércoles y todavía faltaban tres días más para el día de visitas. La mitad de la semana dividía también sus emociones, las risas, besos, abrazos y el olor de las velas apagadas al ritmo de un “Feliz Cumpleaños, abuelo!”; ese brillo enceguecedor de un espejo repasado obsesivamente en la memoria más cercana, se contraponía al tenso entusiasmo de la espera, un monótono y eterno presente que dictan las hojas de plátano que caen repetidamente como si fueran siempre una sola.
Como en el interior de un afiebrado bote naufrago, Ricardo se balanceaba lentamente en la mecedora del luminoso hall de entrada. Había amaestrado los crujidos de la madera y el rítmico vaivén marino lo adormecía.
Desde el orificio izquierdo de su nariz fosforecía la destilación de un milimétrico fluir.
A-a-achisssssss! La fuerza de un inesperado envión a doscientos kilómetros por hora lo hizo doblarse en la mecedora. Otra vez!. Le picaban los ojos y sentía la jornada de trabajo de un hormiguero en su garganta.
“Pasé bien la mitad del invierno y ahora me vengo a jorobar”. –pensó.-.
Las antiguas ventanas pentagonales filtraban el infernal ruido de los colectivos que pasaban por la avenida y lo transformaban en un lejano rumor aserrado.
La escenografía se completaba con dos ancianos que se erguían impasibles sobre un tablero de ajedrez y algunas cuantas tinajas con ficus raquíticos y aburridos.
“No!, esos dos no me pueden haber contagiado. Tampoco es una alergia. Nunca fui alérgico a nada, ni al polen ni a las pelotitas de los plátanos ni a los pelos de gato. Además acá no hay nada de eso”...

(Fragmento)

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